El simbolismo de Gauguin

La década de 1880 presenció el nacimiento del movimiento simbolista en Francia. Lo que comenzó como un fenómeno literario no tardó en extenderse a diversas disciplinas artísticas, entre ellas la escultura, la pintura, la música y el teatro. Además, surgieron corrientes simbolistas en otros países, tales como Rusia, Italia, Bélgica y Alemania. Cada una contaba con sus rasgos distintivos y con sus propias inquietudes sociales, políticas o espirituales.

Las artes visuales simbolistas se caracterizaron por centrarse en lo expresivo, lo romántico y lo místico, recurriendo a menudo a figuras simbólicas. El simbolismo proponía que las obras de arte debían servirse de imágenes, formas y sonidos abstractos o sugerentes para plasmar ideas espirituales y otros conceptos inspiradores. Dejó a un lado la concepción de que el arte debía representar el mundo tal como se percibe a través de los sentidos y, en su lugar, estimuló la manifestación de ideas y experiencias que trascienden el plano material. De este modo, el simbolismo abrió el camino a la aparición de la abstracción modernista en la literatura y el arte.

Paul Gauguin (1848-1903), pintor, escultor, ceramista, grabador y escritor francés, fue uno de los defensores más destacados del simbolismo en las artes visuales. Gauguin inició su trayectoria como pintor impresionista, pero más tarde se apartó de esa corriente para avanzar en una dirección creativa diferente que exploraba componentes estructurales, emocionales, espirituales y simbólicos de los que carecía el impresionismo. Por ello, se le considera un artista posimpresionista.

Los variados soportes empleados por Gauguin incorporaban un simbolismo complejo que reflejaba sus reflexiones sobre la sociedad, la sexualidad, la filosofía y la religión. Sostenía la convicción de que el arte, al igual que la religión, poseía el poder de la salvación. En consecuencia, las pinturas de motivos audaces que creaba estaban a menudo imbuidas de un profundo sentido espiritual. "Visión tras el sermón", una de sus primeras obras de temática religiosa, es considerada una pintura precursora que proclamó el arte simbolista.

Sin embargo, aunque la obra de Gauguin incluía asuntos religiosos, él no era un moralista ni un pintor devoto. Se le consideraba más bien un fabulista que evocaba los dilemas humanos con compasión, amargura o incluso sarcasmo, pero siempre en un nivel estético superior. Los símbolos en sus composiciones se despliegan a modo de fábulas. Siendo en un principio crípticos, despiertan comprensión y emoción en los espectadores y lectores que se esfuerzan por descifrar su significado oculto.

A lo largo de su vida, Gauguin mantuvo su escepticismo frente a la fe ciega y manifestó su rechazo hacia las interpretaciones literales de las escrituras o el apego estricto a los rituales. Su pensamiento y su arte recibieron la influencia de la teosofía, fundada en el concepto de una humanidad y una espiritualidad comunes a todas las religiones ancestrales. Múltiples principios teosóficos resultaban afines al arraigado sentido humanitario de Gauguin, el cual quedó plasmado en varias de sus creaciones más relevantes. Asimismo, se inspiró en las conjeturas teosóficas sobre la evolución, el universo y la Naturaleza, evocándolas con notable imaginación en su obra.

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